Las cocinas abiertas llevan años marcando tendencia. Espacios amplios, continuidad con el salón, isla central… Es fácil entender por qué funcionan tan bien a nivel visual.
Pero no todas las viviendas lo permiten. Y no todas las cocinas necesitan ser abiertas para estar bien resueltas.
La realidad es que muchas siguen siendo cocinas cerradas. Por distribución, por metros o simplemente porque es lo que encaja en el espacio disponible. Y eso no implica renunciar a una cocina bien equipada ni a tomar decisiones de calidad.
De hecho, en este tipo de cocinas hay aspectos que cobran más importancia.
Cuando el espacio está delimitado, todo ocurre dentro: el calor, el vapor, los olores. No se expanden hacia otras estancias, pero tampoco desaparecen. Se concentran. Y eso hace que la sensación en uso cambie más rápido que en una cocina abierta.
Al principio no es algo que se tenga muy en cuenta. Pero en el día a día se nota: cuando cocinas durante más tiempo, cuando utilizas varias zonas a la vez o cuando el ambiente se vuelve más denso de lo esperado.
En este contexto, la extracción deja de ser un elemento secundario y pasa a formar parte de cómo se comporta la cocina. No tanto por estética, sino por confort. Porque influye directamente en la temperatura, en la calidad del aire y en lo agradable que resulta el espacio mientras se utiliza.
Por eso, en cocinas cerradas, planificar bien este tipo de elementos no es un extra. Es una forma de evitar que el uso diario se vuelva incómodo con el tiempo.
Al final, no solo se trata de tener la cocina que se lleva o está de moda, sino la que funciona en tu caso. Y eso depende mucho más del espacio y de cómo se vive que de cualquier tendencia.
Y lo mejor es que hoy en día no hay que elegir entre funcionalidad y estética: existen soluciones que permiten integrar todos estos elementos sin romper el equilibrio del conjunto, sea cual sea la distribución de la cocina.
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