Durante años, el hielo se ha resuelto de forma sencilla: bandejas en el congelador o alguna bolsa puntual. Para muchos casos sigue siendo suficiente, así que integrar una máquina de hielo no es algo que haya que hacer sí o sí.
No todas las cocinas necesitan una máquina de hielo. Y está bien. Depende, sobre todo, de cómo se use la cocina… y del estilo de vida de quien la utiliza.
Tiene sentido cuando el hielo empieza a formar parte de lo habitual, cuando lo usas más de lo que pensabas o cuando te das cuenta de que siempre falta y acabas ocupando medio congelador con bandejas o bolsas.
También encaja en proyectos donde se busca una cocina más ordenada, en la que ciertos gestos ya estén resueltos y el uso del espacio sea más fluido. Pero más allá del diseño, tiene que ver con cómo se vive la cocina: si se usa a diario, si se reciben visitas, si hay sobremesas o si es un espacio que va más allá de lo puramente funcional. No por necesidad, sino por coherencia.
En cambio, en cocinas de uso más esporádico o donde el hielo no tiene un papel relevante, probablemente no haga falta. Y es igual de válido.
El Ice Maker de Frecan está pensado para ese primer tipo de cocina. Se integra en el mobiliario y permite tener hielo disponible sin tener que pensar en ello ni depender de soluciones externas.
Produce hasta 10 kg al día, con cubitos de 22 gramos y espesor regulable. Además, incorpora programador, bandeja antibacteriana y desagüe integrado, lo que facilita tanto el uso como el mantenimiento.
Pero más allá de todo eso, lo importante es si la máquina de hielo encaja contigo o con el proyecto.
Porque al final, una cocina bien pensada no es la que lo tiene todo, sino la que tiene sentido y se adapta a cómo se va a usar.
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