Hace años, tener una isla en la cocina era algo poco común. Hoy, en cambio, es casi lo contrario: en muchas reformas y proyectos nuevos, la isla es lo primero que se piensa.
La forma en la que usamos la cocina ha cambiado: es donde se desayuna, se habla, se trabaja, se estudia o se toma una copa de vino mientras alguien prepara la cena.
La isla es justo ese punto intermedio entre cocinar y estar.
Una isla cambia cómo se usa la cocina
Cuando una cocina tiene isla, todo se organiza de otra manera.
La gente no se queda fuera mirando: se acerca, se sienta, participa. Y quien cocina ya no está de espaldas al resto, sino en el centro de lo que pasa.
Por eso una isla bien diseñada hace que la cocina se sienta más abierta, más cómoda y más social. No es un mueble más.
No todas las islas funcionan igual
Aquí es donde muchos proyectos se quedan a medias.
Hay islas pensadas solo como apoyo o barra, otras integran almacenaje, y muchas —cada vez más— incorporan la zona de cocción, la de aguas… o ambas.
Pero cuando una isla tiene placa o fregadero, se convierte en el punto más exigente de la cocina: se genera movimiento, calor, vapor, olores, salpicaduras y ruido… justo en el centro del espacio.
Si eso no se piensa bien desde el principio, la cocina acaba siendo incómoda, por muy bonita que sea.
Implicaciones de cocinar en una isla
Colocar la placa en una isla significa que el vapor se libera en el centro de la estancia, los olores se expanden con más facilidad y el ruido de la extracción se nota más si no está bien resuelto.
Por eso, en una cocina con isla, la elección de la campana y su integración no es un detalle más: es lo que marca la diferencia entre un espacio agradable y uno que acaba cansando.
La buena noticia es que hoy existen sistemas de extracción pensados específicamente para islas, capaces de eliminar vapor y olores sin llenar el salón de ruido ni romper la estética del espacio.
¿Y la zona de aguas?
Cuando la isla incorpora el fregadero, pasa a ser un verdadero núcleo de trabajo. Por eso es importante cuidar la integración del lavavajillas, la altura y el tipo de grifería, y el diseño del fregadero, para que todo funcione sin invadir la parte social de la cocina.
En el siguiente artículo encontrarás distintas opciones para resolver bien esta zona.
La isla como punto de conexión
En una cocina abierta, la isla también se vive desde el salón. Por eso cada vez se incorporan en ella elementos que funcionan más allá de cocinar: zonas de apoyo, almacenaje o espacios para botellas y copas.
Una vinoteca integrada, por ejemplo, permite que la isla siga formando parte tanto del momento de cocinar… como del de sentarse a disfrutar después.
–
En definitiva, una cocina con isla no es una moda ni un capricho. Es una forma distinta de vivir el espacio.
Cuando está bien pensada, la cocina se vuelve más cómoda, el espacio se siente más abierto, cocinar deja de aislarte del resto y todo funciona con más naturalidad.
Porque una buena isla no está para lucirse. Está para que la cocina se viva mejor.


Comentar